El Chapo Habla – Rolling Stone
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El Chapo Habla

Una visita secreta al hombre más buscado del mundo

el chapo

Joaquín Archivaldo Guzmán Loera, “El Chapo”, en una entrevista en video que envía desde un lugar no revelado.

Información importante: Algunos nombres han sido cambiados, algunas ubicaciones no se han nombrado, y se negoció con el sujeto que esta entrevista se presentaría para su aprobación antes de su publicación. El sujeto no pidió ningún cambio.

“Las leyes de la conciencia, que nosotros pretendemos que se deriven de la naturaleza, nacen de la costumbre”. —Montaigne

Hoy es 28 de septiembre de 2015. Mi cabeza está nadando, etiquetando TracPhones (grabadoras), uno por cada contacto, uno por día, destruir, quemar, comprar, equilibrando los niveles de codificación, a través de Blackphones, direcciones de email anónimas, mensajes no enviados almacenados en la bandeja de borradores. Es una película de horror clandestina para el hombre más analfabeto en tecnología que existe en el mundo. Tengo 55 años de edad y nunca he aprendido a utilizar una laptop. ¿Aún fabrican laptops? ¡Ni puta idea! Son las 4:00 de la tarde. Otro precioso día de otoño en la ciudad de Nueva York. Las calles han sido un hervidero de luces y sirenas de movimiento diplomático, jefes de Estado, funcionarios de la ONU, servicios secretos y la policía de Nueva York. Es la semana de la Asamblea General de la ONU. El Papa Francisco iluminó el camino y se marchó de la ciudad dos días antes. Estoy sentado en mi habitación del Hotel St. Regis con mi colega y compañero de armas, Espinoza.

Espinoza y yo hemos recorrido muchos caminos juntos, pero ninguno tan imprevisible como el que vamos a transitar en breve. Espinoza es el búho que vuela entre los halcones. Ya sea que esté en medio de un barrio pobre, de una selva, o de un campo de batalla, su idiosincrásica elegancia, su sonrisa traviesa y su modesto encanto calman de forma natural la amenaza potencial que se cierne. La cabeza calva de Espinoza hace que te dirijas a sus ojos centelleantes. Es un hombre fascinado y comprometido. Nos susurramos mutuamente comunicándonos en clave. Por fin me puedo tomar un respiro y alejarme de la cibertecnología que ha estado quemándome el cerebro y el alma. Nos sentamos en la quietud que existe tras las paredes fortificadas del viejo hotel neoyorquino, cuando las paredes eran paredes, y los teléfonos se podían usar sin necesidad de hacer un doctorado. Hacemos nuestros planes en silencio, conscientes de la paradoja que supone que en nuestro hotel se hospede el Presidente de México, Enrique Peña Nieto. Espinoza y yo abandonamos la habitación para salir fuera del hotel, respirar el aire de otoño y caminar las cinco cuadras que nos separan de un restaurante japonés, donde nos encontraremos con nuestro colega El Alto García. Al salir a la calle 55, la banqueta está forrada con las camionetas blindadas que transportarán al presidente de México a la Asamblea General de la ONU. Paradójico en verdad, cuando un miembro de su escolta me pregunta si me podría tomar un selfie con él. Un flash: yo y un agente de seguridad mexicano de 1.80 m de alto y con un auricular insertado en el oído para escuchar instrucciones.

Un flash: ¿Por qué es paradójico? Es paradójico, porque actualmente México tiene, en efecto, dos presidentes. Y de los dos presidentes, no era Peña Nieto a quien Espinoza y yo planeábamos ver cuando hablábamos en clave arriba en la habitación. No era él quien hizo necesarias tantas semanas de planificación clandestina. Era más bien un hombre de aproximadamente mi edad, aunque sin ningún tipo de cálculo humano que pudiera brindarnos una idea de cualidades compartidas. Con cuatro años, en 1964, yo excavaba en busca de tesoros imaginarios, innecesarios, en el patio trasero de la casa de mis padres, una familia estadounidense de clase media, mientras él dibujaba a mano pesos imaginarios que, de haber sido reales, podrían haber sido la única posibilidad para él y su familia de soñar más allá de una vida puramente campesina. Y mientras yo estaba surfeando en las olas de Malibú a los nueve años, él ya estaba trabajando en los campos de marihuana y amapola de las montañas remotas del estado mexicano de Sinaloa. Hoy en día, dirige el mayor cártel internacional de drogas que el mundo ha conocido jamás, mayor incluso que el de Pablo Escobar. Vende y mueve, según algunas estimaciones, más de la mitad de toda la cocaína, heroína, metanfetaminas, y marihuana que entran en los Estados Unidos.

Le llaman “El Chapo”. Joaquín Archivaldo Guzmán Loera. El mismo Chapo Guzmán que tan sólo dos meses antes había humillado al Gobierno de Peña Nieto y sorprendido al mundo con su extraordinaria fuga de la prisión de máxima seguridad del Altiplano a través de un túnel de más de un kilómetro y medio de largo de ingeniería inmaculada.

Vea dos minutos de la entrevista exclusiva de El Chapo, justo antes de su recaptura.

Esta se convertiría en la segunda fuga del narcotraficante más notorio del mundo, la primera tuvo lugar 13 años antes en la prisión de Puente Grande, donde logró escapar oculto debajo de las sábanas en un carrito de lavandería. Desde que iniciara su andadura en el negocio del narcotráfico, El Chapo fue ascendiendo con rapidez, forjándose una reputación casi mítica: primero, como un frío pragmatista de quien se decía que te metía un tiro en la cabeza por cualquier error cometido en un envío, y luego, conforme fue estableciendo el cártel de Sinaloa, como un Robin Hood que proporcionaba servicios sumamente necesarios en las montañas de Sinaloa, financiando todo, desde comida y carreteras hasta ayuda médica. Para cuando asistimos a su segunda fuga de una prisión federal, se había convertido en todo un personaje consolidado del folklore popular mexicano.

En 1989, El Chapo excavó el primer paso subterráneo a través de la frontera entre Tijuana y San Diego, y fue pionero en el uso de túneles para transportar sus productos sin ser capturado. Más adelante yo descubriría que sus ya consumados ingenieros habían volado a Alemania el año pasado por tres meses para recibir la formación adicional necesaria para tratar el acuífero de bajo nivel que corría por debajo de la prisión y la zona que lo rodea. Un túnel equipado con una motocicleta guiada por rieles con un motor especialmente diseñado para funcionar en un espacio poco oxigenado, permitiendo que El Chapo se deslizara por un agujero en el piso de la regadera de su celda hacia su asiento y recorriera una milla hasta su libertad. Fue este presidente de México el que había accedido a vernos.

He de decir que no me produce orgullo alguno guardar secretos que se pueden percibir como que protegen a delincuentes, ni siento ningún regodeo soberbio en tomarme selfies con agentes de seguridad ignorantes. Pero estoy en mi ritmo. Todo lo que digo a todo el mundo debe ser cierto. Tan cierto como que es una verdad dividida. La confianza que El Chapo había depositado en nosotros no era algo para chingárselo así como así. Esta será la primera entrevista jamás concedida por El Chapo fuera de una sala de interrogatorios, lo cual me dejaba sin precedentes para medir los riesgos que asumíamos. Había visto un montón de videos y fotografías de inocentes, activistas, valientes periodistas y enemigos del cártel que fueron decapitados, hechos explotar, desmembrados o acribillados a balazos. Yo era muy consciente del compromiso de la DEA y otros policías y militares, tanto mexicanos como estadounidenses, que habían perdido la vida ejecutando las políticas de la Guerra contra las Drogas. Las familias diezmadas, y las instituciones corrompidas.

Me sentí algo reconfortado con un singular aspecto de la reputación de El Chapo entre los jefes de los cárteles de la droga en México: que, a diferencia de sus colegas que se dedican al secuestro gratuito y al asesinato al azar, El Chapo es antes que nada un hombre de negocios, que solo recurre a la violencia cuando lo considera ventajoso para sí mismo o sus intereses comerciales. Fue la fuerza de las aparentemente mejor calculadas estrategias del cártel de Sinaloa (un cártel, cuya cara conocida es El Chapo, pero que incluye asimismo el co-liderazgo de Ismael “El Mayo” Zambada) la que sirvió de base para que se convirtiera en uno de los sindicatos criminales dominantes en México, extendiéndose más allá del estado noroccidental rural que le da nombre, con un control considerable de las principales zonas fronterizas entre Estados Unidos y México: Ciudad Juárez, Mexicali y Tijuana, y que ya llega hasta Los Cabos.

Como ciudadano estadounidense, me siento atraído a explorar lo que puede ser inconsistente con las descripciones de nuestro Gobierno y medios de comunicación sobre sus enemigos declarados. Desde los tiempos de Osama Bin Laden, nadie ha capturado tanto la imaginación del público desde el punto de vista de la captura de un fugitivo. Pero, a diferencia de bin Laden, quien había planteado la premisa de que toda la población de un país se define por las políticas de sus líderes, y es cómplice de las mismas, en el caso del narcotraficante más buscado del mundo, nosotros, los americanos, ¿no somos de hecho cómplices de todo lo que puede ser satanizado? Somos los consumidores, y como tales, somos cómplices de todos los asesinatos, de toda la corrupción existente en la capacidad de una institución para proteger la calidad de vida de los ciudadanos de México y los Estados Unidos, y que es el resultado de nuestro insaciable apetito de narcóticos ilegales.

Volvemos una vez más a una cuestión de moralidad relativa. ¿Qué decir de las decenas de miles de estadounidenses enfermos y químicamente adictos, encarcelados salvajemente por el crimen de su enfermedad? Encerrados en centros donde es inevitable que se den actos atroces de deshumanización y violencia, y donde el asesinato es una amenaza que se cierne constantemente. ¿Estamos diciendo que lo que es sistémico en nuestra cultura, y está fuera de nuestra vista y control directos, no comparte ningún tipo de equivalencia moral con las abominaciones que pueden rivalizar con los asesinatos provocados por el narcotráfico en Juárez? O, ¿se trata de una distinción para quienes pretenden tener de forma pasiva superioridad moral?

Caben muy pocas dudas de que la Guerra contra las Drogas ha fracasado. Hasta 27,000 homicidios relacionados con las drogas en México en un solo año, y un incremento continuado de la adicción a los opiáceos en los EE.UU. Trabajando en las áreas de emergencias y desarrollo en Haití, se me han propuesto en innumerables ocasionales soluciones teóricas a los males del país por parte de agencias burocráticas que desconocen la cultura e incongruencias existentes sobre el terreno. Quizá dada la estrechez de miras de nuestra cultura puritana y perseguidora, que ha diseñado la Guerra contra las Drogas, hayamos perdido de forma similar de vista lo que resulta práctico, y hayamos rendido nuestras almas a la teoría. Con un costo para el contribuyente estadounidense de $25,000 millones de dólares al año, estas políticas de guerra han contribuido de manera importante a matar a nuestros hijos, drenar nuestras economías, abrumar a nuestros policías y tribunales de justicia, sacarnos el dinero, llenar nuestras prisiones y guardar las apariencias. La lucha de otro día perdida. Y con ella, cualquier posible visión de reforma, o reconocimiento de las ventajas demostradas en tantos países logradas mediante la legalización regulada de las drogas con fines recreativos.

Ahora, en la Calle 50, Espinoza y yo entramos en el restaurante japonés. El Alto se sienta solo en un rincón tranquilo, bajo un ventilador que gira lentamente diseminando un aroma a pescado crudo. Es un hombre grandote, tranquilo y elegante, que habla casi susurrando. Me había ayudado en muchos viajes anteriores. Es un hombre de mundo, con muchos contactos y cae muy bien. Espinoza, hablando en español, le pone al día de nuestros planes e itinerario. El Alto escucha con atención, apretando lentamente los frijoles de una vaina de soya edamame entre los dientes, uno por uno. Esta era la reunión que considerábamos nuestro punto de no retorno. O todos le entrábamos o renunciábamos al plan. Habíamos evaluado los distintos riesgos pero me sentía confiado y se lo dije. Yo me había adentrado en experiencias que iban más allá de mi control en numerosos países en situaciones de guerra, terror, corrupción y desastres. Lugares donde lo que puede salir mal, saldrá mal, o ya había salido mal y, al final, con todo, me habían proporcionado un pedazo de mi conciencia terrenal (si bien no es una ciencia perfecta) de precauciones disponibles dentro del diseño del caos.

Acordamos que yo volaría a Los Ángeles el día siguiente para coordinar con nuestro principal punto de contacto con El Chapo. Pedimos sake y nos dejamos llevar haciendo algunos chistes para relajarnos y abstraernos de nuestras imperfectamente científicas preocupaciones. Al otro lado de las ventanas del restaurante, vemos pasar un grupo de estadounidenses de origen mexicano que marchan en protesta contra las violaciones alegadas contra los derechos humanos del Gobierno de Peña Nieto, tras haber permitido que su país de origen haya caído en las garras del régimen de los narcotraficantes.

Kate del Castillo

En enero de 2012, la estrella mexicana de cine y televisión Kate del Castillo, que interpretó exitosamente a una narcotraficante en la telenovela “La reina del Sur”, muy popular en México, usó Twitter para expresar su desconfianza del Gobierno mexicano. Declaró que, en cuestiones de confianza, entre gobiernos y cárteles, ella confiaba más en El Chapo. Con ese tuit, la actriz expresaba un sueño, tal vez alentando al mismísimo Chapo: “Sr. Chapo, ¿no sería genial que empezara a traficar con amor? Con curas para las enfermedades, con comida para niños sin hogar, con alcohol para las residencias de ancianos que no permiten a las personas mayores hacer lo que les venga en gana por el resto de sus días. Imagine traficar con políticos corruptos en vez de con mujeres y niños que terminan como esclavos. ¿Por qué no quema usted todos esos almacenes donde las mujeres valen menos que un paquete de cigarrillos? Sin oferta, no hay demanda. ¡Vamos Señor! Usted sería un héroe entre los héroes. Trafiquemos con amor. Usted sabe cómo hacerlo. La vida es un negocio y lo único que cambia es la mercancía. ¿No está de acuerdo?” Si bien muchos la condenaron, otros tantos compartieron también el sentimiento de Kate en México. Puede escucharse en los narco corridos, tan populares en todo el país. Sin embargo, lo suyo fue algo diferente, lejos de la visión romántica del bandido, se trataba más bien de la continuidad de su historia de expresar valientemente sus sueños optimistas para su tierra. Ya se había sincerado antes sobre temas de política, sexo y religión, y es una de las voces independientes y valientes que las democracias han de proteger y de las cuales no pueden prescindir.

Su valentía también queda demostrada al permitir que la nombremos en este artículo. Hay fuerzas brutales y corruptas en el Gobierno mexicano que se le opondrían (y, de hecho, según Kate, altos funcionarios del Gobierno han respondido a su declaración pública con intimidaciones a nivel privado), y, por ende, una responsabilidad del público por salvaguardar a aquellos que se hacen oír.

Tal vez no debería sorprender que este ícono local del espectáculo haya atraído el interés de un singular admirador, al tiempo que fugitivo, de Sinaloa. Después de leer la declaración de Kate en Twitter, un abogado que representaba a El Chapo Guzmán contactó a Kate. Dijo, El Señor quería enviarle flores como muestra de agradecimiento. Ella, nerviosa, ofreció su dirección, pero haciendo gala de maniobras picarescas propias de una actriz, lo cierto es que las flores nunca le llegaron.

Dos años después, en febrero de 2014, un destacamento de marines mexicanos capturó a El Chapo en un hotel de Mazatlán, tras una búsqueda que se prolongó durante 13 años. Las imágenes del arresto se pudieron ver en canales de televisión de todo el mundo. Mientras estuvo encarcelado en la prisión del Altiplano, los abogados de El Chapo se vieron inundados por tentativas de acercamiento por parte de estudios de Hollywood. Tras su dramática captura y, quizá, la ilusión de tratos seguros, ahora que El Chapo estaba entre rejas, los gringos se apresuraban a contar su historia. La semilla había sido plantada, y El Chapo, después de que se le abrieran los ojos ante la posibilidad, hizo planes propios. Estaba interesado en que se hiciera una película de su vida, pero solo le confiaría el guión a Kate. El mismo abogado volvió a localizarla, esta vez a través del equivalente mexicano del Sindicato de Actores de Cine de los EE.UU., y el narcotraficante encarcelado y la actriz empezaron a enviarse cartas manuscritas y mensajes a través de BBM.

Fue en un evento social en Los Ángeles donde Kate conoció a Espinoza. Descubrió que él estaba sumamente bien conectado con fuentes financieras, incluyendo fuentes que financiaban proyectos de películas, y le propuso una asociación para hacer una película acerca de El Chapo. Fue aquí cuando Espinoza incluyó a nuestro colega y amigo mutuo, El Alto. Me enteré de su intención de hacer la película, pero no conocía a Kate, ni estaba involucrado en el proyecto. Los tres se reunieron con el abogado de El Chapo para evaluar la idea, pero se determinó en última instancia que el acceso directo a El Chapo seguiría estando demasiado restringido para que su emprendimiento autorizado destacara por encima de otros proyectos centrados en la vida de El Chapo que Hollywood intentaría llevar a la gran pantalla con o sin su participación.

Luego pasó lo de julio de 2015: la fuga de El Chapo. El mundo, y particularmente México y los Estados Unidos, pusieron el grito en el cielo. ¿Cómo pudo suceder esto? La DEA y el Departamento de Justicia de los EE.UU. estaban furiosos. El hecho de que el Secretario de Gobernación de México, Miguel Ángel Osorio Chong, hubiera negado la extradición de El Chapo a los Estados Unidos, y de que hubiera escapado luego, había hecho quedar a Chong y a la administración de Peña Nieto como parias.

Seguí las noticias de la fuga de El Chapo y me puse en contacto con Espinoza. Nos reunimos en el patio de un hotel boutique de París a finales de agosto. Me dijo que Kate había tenido contactos intermitentes con El Chapo después de su fuga. Fue entonces cuando se me ocurrió la idea de escribir un artículo para una revista. Volvió a asomar la mirada traviesa de Espinoza, indicando que haría preparativos para que me encontrara con Kate en los Ángeles. Le hablé a Kate de lo que tenía en mente en un restaurante de Santa Mónica, y ella acordó hacer de emisaria y enviar nuestros nombres para que fueran aprobados al otro lado de la frontera. Cundo una semana después más o menos tuvimos conocimiento de que El Chapo había aceptado vernos, llamé a Jann Wenner de Rolling Stone. Nos encomendaron la tarea a mí, a Espinoza y a El Alto. Con una carta de Jann que oficializaba el proyecto, nos uniríamos a Kate, que era nuestro pasaporte para ganarnos la confianza de El Chapo, y nos pondríamos en manos de los representantes del cártel de Sinaloa, quienes diseñarían la logística de nuestro viaje. Había transcurrido un mes de planificación desde que Espinoza y yo iniciáramos esta andadura a finales de septiembre en la calle 55 de Nueva York.

Ver a continuación, material de julio de la fuga de El Chapo de la prisión.

Cuatro días después, el 2 de octubre, El Alto, Espinoza, Kate y yo abordamos un vuelo chárter autofinanciado en un aeropuerto de la zona de Los Ángeles para viajar a una ciudad en el centro de México. Tras aterrizar, un conductor del hotel nos recoge en el aeropuerto y nos lleva al hotel en el que debíamos reservar. Sospechando de todo ser vivo o inanimado, empiezo a auscultar con la vista automóviles y conductores, madres con niños, abuelos, transeúntes, terrazas de edificios y cortinas de ventanas. Busco helicópteros en el cielo. No tengo duda de que la DEA y el Gobierno mexicano están siguiendo el rastro de nuestros movimientos. Desde el momento en que Kate se había expuesto con su tuit de enero de 2012 hasta el inicio de nuestras negociaciones cifradas para ver a El Chapo, me había sentido desconcertado intentando determinar por qué El Chapo se arriesgaba así con nuestra visita. Si Kate estaba siendo vigilada, también debían estar siendo vigilados quienes figurasen en cualquier lista de pasajeros compartida. Si bien no veo ningún ojo espía, doy por sentado que sí los hay.

Por el parabrisas de la camioneta, a medida que nos acercamos al hotel, veo a un hombre vestido de manera informal de cuarenta y pico años de edad que da instrucciones a nuestro conductor para dirigirse a la entrada, al tiempo que de forma simultánea marca un número en su celular. Se trata de Alonzo, quien, según estoy a punto de descubrir, trabaja para El Chapo. Agarramos nuestras maletas y salimos de la camioneta. Casi de inmediato disminuye el tránsito cerca del punto designado donde nos recogen. Fuera de mi línea de visión, alguien está bloqueando las calles adyacentes. Luego, aparece una caravana solitaria de vehículos blindados frente a nuestro hotel. Alonzo nos pide que entreguemos nuestros dispositivos electrónicos y los dejemos (teléfonos celulares, computadoras, etc.). Yo había dejado los míos en Los Ángeles, ya anticipándome a este requisito. Mis colegas entregan los suyos en la recepción del hotel. Nos meten rápidamente en los vehículos. Alonzo viaja como guardia armado, mis colegas y yo vamos sentados atrás. Alonzo y el conductor hablan español rápido y en voz baja. Mi español es, siendo generoso, deficiente. Por el día, y si me veo obligado a ello, mi vocabulario se restringe a “hola” y “adiós”. Por la noche, con unas cervezas encima, puedo defenderme, hablando y escuchando lentamente. La conversación en el asiento de delante parece inofensiva, nada más que un intercambio afable de aspectos logísticos en pos de nuestro viaje. Durante el viaje de una hora y media desde la ciudad, y atravesando tierras de labranza, ambos hombres reciben mensajes frecuentes por BBM; quizá actualizaciones en relación con nuestra ruta para mantener la seguridad de nuestro convoy. Con cada mensaje recibido, sube la aguja del velocímetro, llegando a alcanzar velocidades bastante superiores a los 160 km. por hora. Me gusta la velocidad. Pero no cuando no soy yo quien tiene las manos en el volante. Para calmarme, hago como si tuviera cualquier razón para memorizar la ruta de nuestro viaje. Es en eso en lo que me concentro, y no en los intercambios de palabras entre los dos extraños que guían nuestro viaje.

Llegamos a una pista aérea de tierra. Miembros del personal de seguridad con trajes a medida están parados al lado de dos avionetas de un solo motor con seis asientos. No es hasta que abordamos una de las dos avionetas que me doy cuenta de que nuestro conductor había sido el hijo de 29 años de El Chapo, Alfredo Guzmán. Se sienta a mi lado, habiendo sido designado como uno de nuestros escoltas personales para ver a su padre. Es un tipo bien parecido, delgado y bien vestido, con un reloj de pulsera que podría tener más valor que todo el dinero que albergan los bancos centrales de la mayoría de las naciones. Tiene un reloj espectacular.

Las avionetas despegan y viajamos un par de horas. Una al lado de la otra, volando sobre las corrientes de una jungla montañosa. Nuevamente, pienso en todos los riesgos que El Chapo y su gente corren recibiéndonos. No nos habían vendado los ojos, y cualquier viajero experimentado podría haber recordado diferentes puntos de referencia triangulados para repetir el viaje. Pero gracias a su fe en Kate, con quien solo había hablado a través de cartas o BBM, gozamos de una confianza insólita. Le pregunto a Alfredo que cómo podemos estar seguros de que no nos están siguiendo o vigilando. Sonríe (cabe señalar que no pestañea mucho) y apunta a un codificador rojo debajo de los controles de la cabina del piloto. “Ese conmutador bloquea el radar terrestre”, señala. Agrega que tienen un infiltrado que les avisa cuando va a despegar el avión militar de vigilancia a gran altitud. Se muestra confiado en que ya no hay ojos indeseados a esa altura. Platicamos a lo largo del vuelo gracias a la ayuda de Kate, que hace de intérprete. Tengo cuidado de no decir nada que pueda poner en peligro la bienvenida de su padre antes siquiera de que hayamos llegado.

Cuando llevamos dos horas de vuelo, descendemos desde los exuberantes picos montañosos hasta una pista a nivel del mar. El piloto habla a tierra a través de un teléfono codificado. Siento que el ejército está incrementando sus operaciones en su área de búsqueda. Se ha considerado súbitamente que la zona original de aterrizaje ya no es segura. Luego de conversar durante un buen rato durante todo el viaje, y de volar en círculos a una inquietante baja altitud, encontramos un claro de tierra alternativo con dos camionetas que nos esperan en la sombra en un terreno rodeado de árboles. El vuelo había sido lo suficientemente movido como para que todos tomáramos unos tragos de una botella de tequila Honor, una marca nueva que Kate está comercializando. Bajo de la avioneta, entablando ligeramente conciencia de dónde me encuentro, y me dirijo hacia los conductores que nos esperan haciendo señas. Arrojo mi mochila en la parte trasera de la camioneta y avanzo pesadamente hasta la arboleda a orinar. Pene en mano, lo cuento entre las partes de mi cuerpo vulnerables a los cuchillos de narcos irracionales, y vuelvo a admirarlo una vez más por si acaso antes de volver a ponerlo a buen recaudo.

Espinoza se había operado hacía poco de la espalda. Se estiró, y se ajustó la faja postoperatoria, que quedó a la vista de todo el mundo. Se me ocurre que, entre todos los que nos habían recibido en tierra, algunos podrían haber pensado que la faja tenía un cable, un chip o un dispositivo de rastreo. A pesar de tener todos los ojos puestos en él, Espinoza se ajusta metódicamente el Velcro hacia la barriga, y mira lentamente hacia arriba, con su peculiar sonrisa ante las miradas de sospecha de quienes están a su alrededor. Luego dice “Cirugía de espalda”. Momento de tensión superado.

Nos adentramos en la espesa y montañosa selva, en una caravana de dos camionetas, cruzando río tras río, durante siete largas horas. Espinoza y El Alto, con un conductor en el vehículo de delante; yo y Kate con Alonzo y Alfredo atrás. En ocasiones, la jungla se abre y deja entrever tierras de labranza, para luego volver a cerrarse. A medida que va aumentando la altura, las señales de la carretera anuncian que nos acercamos a municipalidades. Y luego, pareciendo que nos encontramos en la entrada de Oz, el pico más alto visible, llegamos a un control militar. Dos soldados uniformados del Gobierno, armas en mano, se acercan al vehículo. Alfredo baja la ventanilla del pasajero; los soldados se retiran pareciendo avergonzados, y nos hacen señales con la mano para que pasemos. ¡Ah! Ese es el poder de la cara de Guzmán. Y la corrupción de una institución. ¿Significaba esto que nos estábamos acercando al hombre?

Hubieron de transcurrir varias horas de viaje por la jungla antes de que viéramos señales de que nos estábamos acercando. Luego, aparecen varios extraños como de la nada, en el camino de tierra, haciendo comprobaciones con nuestros conductores e intercambiando radios. Seguimos. La jungla da paso a pueblos pequeños; los ojos protectores de los campesinos se relajan cuando les saluda un conductor que les resulta conocido. No hay cobertura para teléfonos celulares aquí, de manera que hay repetidores de radio en puntos elevados de la topografía que hacen posible las comunicaciones internas.

Habíamos salido de Los Ángeles a las 7:00. Cuando el tablero de mandos del vehículo indica las 21:00, llegamos a un claro donde hay varios SUV estacionados. Hay un pequeño grupo de hombres alrededor. En una loma a lo alto, veo algunos búngalos deteriorados. Me bajo del camión, miro a la cara a los hombres que nos custodiaban buscando su aprobación y me dirijo a la cajuela del camión para tomar con mi mochila. A continuación, asentimientos con la cabeza. Procedo. Y cuando lo hago… ahí está. Justo al lado del camión. El fugitivo más famoso del mundo: El Chapo. Lo reconozco de inmediato por los cientos de fotos que había buscado y todas las noticias que había visto. No hay duda alguna, es él. Lleva puesta una camisa de seda con un diseño informal, tejanos negros planchados, y parece estar sorprendentemente bien arreglado y sano para ser un hombre que se esconde. Abre la puerta de Kate y la saluda como si fuera una hija que regresa de la universidad. Parece que para él es importante expresarle en persona el cálido afecto que hasta ahora solo ha podido transmitirle ocasionalmente desde la distancia. Después de saludarla, se vuelve hacia mí con una sonrisa acogedora, estrechándome la mano. Se la doy. Me da un abrazo de “compadre”, me mira a los ojos y me suelta un largo saludo en un español demasiado rápido como para poder entenderle. Junto las fuerzas para explicarle a él en un español entrecortado que dependería de Kate para hacer de intérprete a medida que avanzara la noche. Sólo ahí se da cuenta de que su saludo no ha sido entendido. Hace bromas con sus hombres, se ríe de sí mismo por haber asumido que yo hablaba español y de mi desorientación pasajera al dejarle continuar durante tanto tiempo con su saludo.

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Subimos unas escaleras hasta un área plana en la loma al lado de los búngalos. Una familia local sirve un buffet de tacos, enchiladas, pollo, arroz, frijoles, salsa fresca y… carne asada. “Carne Asada”, un término muy usado por el cártel que describe cuerpos diezmados en ciudades como Juárez después de ejecuciones masivas por parte de los narcos. De ahí que opte por los tacos. Nos dirigen hacia una mesa de picnic, nos ofrecen bebidas. Nos sentamos bajo la iluminación tenue de varias hileras de luces, pero el perímetro del área se oscurece de manera abrupta. Solo puedo ver entre 30 y 35 personas. (Luego, El Chapo le contó a El Alto que había otros cien soldados suyos presentes en el área inmediata que no se podían ver a simple vista). No hay armas de cañón largo a la vista. No hay ninguna persona tipo Danny Trejo. Mi impresión de su pandilla está más en sintonía con lo que uno imaginaría de los alumnos de la universidad de la Ciudad de México. Limpios, bien vestidos y respetuosos. Ningún fumador en el grupo. Solo dos o tres personas d