fbpixel
×
×
Skip to main content
Cover story

El valiente trayecto de Rosalía hasta alcanzar el cielo del pop

La artista española ha rechazado comprometerse y ha firmado uno de los discos más arriesgados de 2022. Acaba su año mágico y nos cuenta cómo ha sido
Fotografías de Josefina Bietti

U NA TARDE DE SEPTIEMBRE, HORAS DESPUÉS DE UN REPENTINO TEMPORAL, Rosalía fija los ojos en las plácidas aguas de la playa de Bahía de Puerto Rico. Se queda inmóvil unos segundos, pero no para de pensar en el caos absoluto que se vivió la noche anterior.

“Dios mío,  fue una locura”, dice con un deje de alegre incredulidad, mezclando inglés y español, como en todas nuestras conversaciones.

También hubo otro temporal al que costaría llamar “concierto”. Durante casi dos horas seguidas, Rosalía cantó y tocó en el histórico Coliseo de Puerto Rico José Miguel Agrelot, donde colgaron el cartel de entradas agotadas. Aparte de las oleadas de fans que no paraban de gritar, el espectáculo que planteó Rosalía se parecía más a una performance que al típico concierto de estadio; una marea que ha arrasado ciudades y redes sociales con la misma fuerza en los últimos meses. No hay teloneros ni cambios de vestuario. Rosalía está en el centro, con el rostro a menudo empapado en sudor y lágrimas, haciéndolo todo a la vez —rasgando una guitarra negro azabache, mascando chicle, aporreando un piano de cola, interpretando a corazón abierto—. Como la gira mundial de Motomami ha viajado por todo el mundo, esa ha sido su vida durante el último año.

Su concierto de Puerto Rico fue una fiesta total. Dieron igual los asientos asignados y que los guardias de seguridad vigilaran los accesos e intentaran —en vano— evitar que la gente llenara los pasillos. Cuando Rosalía le gritó a la multitud: “¡El amor de mi vida está aquí!”, refiriéndose a su novio, la estrella puertorriqueña Rauw Alejandro, el estadio casi se vino abajo. Al terminar el espectáculo, aún tuvo energías para pasarse por una fiesta posconcierto en una discoteca de San Juan con su pareja. Una maraña de cámaras de iPhone los retrató bailando hasta altas horas de la noche diferentes temazos, entre ellos, su “Despechá”.

Josefina Bietti por Rolling Stone. Chaqueta por Balenciaga. Accessoros por Nous Étudions.

Incluso después de una noche tan agitada, a la mañana siguiente, cuando llego a su mansión privada con vistas al mar en St. Regis, donde también se alojan algunas de sus amistades, Rosalía está despierta y alerta, lleva un minivestido azul marino con cuello Peter Pan. Hay un millón de cosas que quiero preguntarle, aunque es ella la que me acribilla de inmediato con preguntas antes de que yo pueda abrir la boca.

“Venga, va”, me dice con entusiasmo y con un brillo en los ojos que señala su curiosidad genuina. “Cuéntamelo todo. ¿Qué te pareció lo de anoche? Era la primera vez que veías uno de mis conciertos, ¿no? ¿Qué te pareció? Me interesa mucho”.

Enseguida le contesto y le digo que solo la había visto actuar en el festival Austin City Limits en 2019. Por aquel entonces, Rosalía seguía la estela del éxito revolucionario que había conseguido con El mal querer, el complejo álbum conceptual que lanzó en 2018. De la noche a la mañana, una prometedora recién graduada de la Escola Superior de Música de Catalunya que había dedicado gran parte de su vida al riguroso arte del flamenco se transformó en una artista de la fusión vanguardista que pulverizaba límites, conocida por su acervo enciclopédico de referencias culturales que intercalaban a Justin Timberlake, profundizaban en el cante jondo y bebían de una novela occitana sobre una relación tóxica, todo en el mismo proyecto (el texto medieval, llamado Flamenca, inspiró todo el disco, que fue su trabajo de final de grado).

Sin embargo, si sus fans esperaban más espectáculo flamenco barroco después de El mal querer, en los siguientes años, Rosalía optó por dar un volantazo y entregarse a colaboraciones con artistas de reggaetón y hip-hop como J Balvin, Travis Scott y Ozuna. Para algunas personas, fue fascinante contemplar su destreza camaleónica y consideraron su ecléctica trayectoria una visión valiente y profética de un mundo sin fronteras. Para otras, su enfoque era una forma descarada de apropiación que resaltaba su privilegio. Rosalía también tenía un perfil juguetón y difícil de clasificar: por una parte, la música disciplinada, con un gran amor por el arte y las influencias clásicas; por otra, de forma simultánea, la joven que campa a sus anchas en internet, dada a hacer el bobo en redes, a publicar selfis coquetas en Instagram, a subir fotos de sus fiestas con las Kardashian y a seguir absurdas tendencias de redes sociales.

Independientemente de la opinión ajena, lo cierto es que el mundo estaba con los ojos fijos en ella, aguardando su siguiente movimiento. Sin duda, la catalana habría podido fabricar un disco continuista que saliera poco después y que mantuviera vivo el impulso, además de expandir su potencial pop. Pero Rosalía, que toma buena nota de mujeres que la inspiran como Björk, Kate Bush o Lauryn Hill, dejó claro desde el principio que el ruido exterior no iba a dictar su proceso creativo. “Nunca he querido sacar discos que surgieran de la urgencia o de la presión de “Madre mía, han pasado X años””, me dice. “Creo que no voy a ser ese tipo de artista. Creo que siempre voy a hacer música cuando sienta que tengo algo que decir”.

Durante tres años, trabajó en un disco cuya evolución fue constante. Empezó como una especie de protesta contra las expectativas que se le impusieron tras El mal querer, pero también era un trabajo que abordaba cambios profundos en su vida personal: durante meses, la pandemia puso un mar de distancia con su familia, que seguía en Barcelona, mientras ella grababa en Estados Unidos. Al mismo tiempo, empezaba a vérselas con la fama después de ser un artista independiente sin lazos con la industria y sin un camino claro; tras aquel éxito, era toda una estrella que recibía atención constante y un intenso escrutinio. «No me he criado con esto», me confiesa. «Para mí, es algo nuevo y como creo que no estoy acostumbrada, la pregunta era: “¿Cómo me tengo que sentir?”».

Josefina Bietti for Rolling Stone. T-shirt by Cowboys of Habit. Sunglasses by Dior. Skirt, stylist’s own. Thong by Vanebon.

Entretanto, se enamoró. Desde 2020, sus fans la relacionaban con Rauw; analizaban todas las interacciones entre ambos en redes sociales y peinaban sus fotografías para buscar hasta la más mínima pista: quizá un aparcamiento en el que los habían fotografiado, un trozo de mano de Rauw que asomaba en el fondo una imagen… La pareja hizo todo lo que pudo para mantener su relación en secreto a pesar de las crecientes especulaciones, que llegó incluso a convertirse en acoso. (Como Rauw le dijo a Rolling Stone hace un año, decidieron hacerlo público después de que un paparazzi los arrinconara en un restaurante. «“¿Ey, qué hacemos?”. Y me dijo: “¿Sabes qué te digo? Que estoy harta de esto”»).

Finalmente, en marzo lanzó Motomami, una colisión de estilos y géneros que sintetizó toda la conmoción que generaba la artista en una declaración brillante y de armas tomar. La agitación que sentía se ve en el espeluznante exceso de «La Combi Versace», en la que hace un retrato de los nuevos ricos con unos perturbadores arreglos salpicados de dembow; también en su homenaje a leyendas como Daddy Yankee o Wisin en «Saoko», donde rapea sobre su derecho a transformarse y contradecirse.

«Es un disco caótico», dice entre risas. «Quería que el álbum diera la sensación de ser una montaña rusa de emociones, que es lo que yo estaba sintiendo en ese momento de mi vida. Quería esa sensación dinámica y constante del toma y daca».

Motomami fue una genuina sorpresa pop. David Byrne, quizá viendo una rareza similar a la suya en el eclecticismo de la catalana, creó una lista de reproducción inspirada en uno de los conciertos de Rosalía en el Radio City de Nueva York. Lorde hizo una versión de su lujuriosa balada «Hentai» en un concierto que también se celebró en la Gran Manzana. Cardi B —quien, junto con Megan Thee Stallion, contó con Rosalía para un cameo en el videoclip de «WAP»— habló maravillas de la canción en Twitter («esto está que ardeeee», les dijo a sus veintidós millones de seguidores). Las grandes alabanzas del sector llegaron hace poco: Motomami obtuvo dos nominaciones a los Grammy y ganó el premio a álbum del año de los Grammy Latinos del pasado noviembre, una cristalización del lugar de Rosalía como la fascinante reina del pop global, además de como provocadora desinhibida que toma referencias tanto de lo más kitsch a las tradiciones sacrosantas sin miedo a las consecuencias.

«Es como el agua», dice Noah Goldstein, el productor ganador del Grammy e ingeniero de sonido que trabajó con ella en el disco. «Es lo que se busca en una artista, que tenga una enorme capacidad de adaptación, que sea maleable sin que llegue a romperse, que se mueva con fluidez. Es muy práctica y esa fluidez se traduce en su manera de producir».

Incluso aunque sea en una playa de Puerto Rico, los engranajes de su cabeza siguen girando a toda velocidad, van más allá. Durante la conversación, salta del inglés al español, a veces busca una palabra en su catalán nativo. Hace referencia a bailes divertidos de TikTok antes de hablarme de las reflexiones de un poeta y filósofo francés del siglo xvii cuyo nombre no recuerda, me pide ayuda a ver si yo sé quién es (nos quedamos las dos con la duda).

Ha estado viviendo a años luz del resto del universo, tiene la cabeza llena de ideas con las que quiere experimentar, objetivos por cumplir y destinos que quiere visitar. Ahora mismo, hay un lugar al que quiere ir: «¿Vamos a ver el mar?», pregunta tras darse cuenta de que la mansión tiene un acceso privado a la playa. Al cabo de unos segundos, toma la delantera y enseguida el Atlántico moja sus Crocs negros de Balenciaga. A pesar de que tiene muchas ideas rebotando en la cabeza, siente que tiene los pies en la tierra, aunque a la vuelta de la esquina aguarde el siguiente concierto, la siguiente ciudad, la siguiente gran idea. «Me siento muy anclada, más que en cualquier otro momento de mi vida», nos dice. «Intento limitarme a disfrutar lo que me sucede en cada momento».

ROSALÍA SE ENTREGA AL INSTANTE PRESENTE cada vez que se sube al escenario. El decorado de su concierto de la gira Motomami es mínimo, la mayor parte de las coreografías se despliegan ante un fondo blanco. Encima del escenario, un cámara, una red de iPhones colocados de manera estratégica alrededor del espacio —e incluso algunos de sus bailarines— graban diferentes ángulos de la acción, que se proyectan en pantallas gigantes a ambos lados del escenario. En cierto momento, los objetivos captan un primer plano de Rosalía desmaquillándose; más tarde, la enfocan mientras se corta un mechón de pelo y lo tira al público; literalmente, da una parte de sí misma. El resultado es visceral e inquietante, como si una se diera cuenta cuenta de que está metida dentro de una película en lugar de viéndola.

Hacia el final del concierto, se tumba bocabajo, avanza poco a poco hacia el borde del escenario, los iPhones se le acercan tanto, de manera tan espeluznante, que se ve cómo el sudor le sale de los poros. «A esas alturas del concierto, voy echa un desastre», nos dice, riéndose. Es una declaración de intenciones; un acto de protesta ante su público contra la idea de que las artistas tienen que dar siempre una cierta imagen. La idea de quitarse el maquillaje o de cortarse un mechón de pelo pretenden sacudir a la gente, recordarles que lo que están viendo es real, que trasciende el espectáculo. «Si alguien lanza un objeto al escenario, si alguien grita, significa que algo está pasando en ese momento y es cosa tuya hacer algo al respecto», me dice. «Tienes que ser capaz de dejarte llevar».

Tamara Mauri for Rolling Stone

A veces la cosa se vuelve demasiado real. En uno de los primeros conciertos de la gira, cuando fue a cortarse una de las trencitas postizas, sin querer se cortó parte de su pelo de verdad. Se pasa los dedos por la melena, se la recoloca y se ríe de sí misma mientras me enseña el trasquilón. «Me preocupaba un poco cómo iba a acabar al final de la gira», bromea. «Pero sigo improvisando, sigo intentando conseguir que cada concierto desprenda vida, aunque a veces me traiga algunas consecuencias».

Para ella, el concepto lo es todo. Las canciones no pueden ser piezas inconexas; tienen que encajar en un relato más amplio. Cuando empezó Motomami, casi lo primero que se le ocurrió fue el título, una palabra que aúna la cultura motera con la que se crio en su pueblo de Sant Esteve Sesrovires, en las afueras de Barcelona —conocido por sus fábricas de coches y la sede de Chupachups—. Su madre, que tenía una empresa de metalurgia, era motera y Rosalía quiso transmitir la fortaleza que había aprendido de ella y de las demás mujeres de su familia, entre ellas, su hermana mayor, Pili, que ahora es su estilista y directora creativa.

Había una cosa en concreto que la arista estaba buscando: «Libertad absoluta», como ella misma lo define. «Como artista, mi mayor deseo es ser todo lo libre que pueda», añade. De eso trata Motomami. «Era un: “¿Hasta dónde puedo estirar para conseguir la mayor libertad posible en diferentes sentidos, temas, en sonido, en estética, en todo?”».

Quería romper con lo que se daba por hecho y lo que se esperaba de ella, así como con las limitaciones de la máquina del pop que ya ha vivido en primera persona.

«A mi alrededor, en todas partes, no dejo de ver un fenómeno que me sorprende muchísimo, el de las mujeres y sus talentos encuadrados en categorías predeterminadas: la sexi, la loca, la mandona, la diva», dice. «Pero esas categorías no nos llevan a ninguna parte, son puras limitaciones». Piensa en los géneros musicales del mismo modo: «Quería escapar de esa categorización porque no ayuda, para nada. No fomenta la creatividad. No es más que una limitación, así que no me interesa».

Aun así, la libertad que buscaba no era fácil, sobre todo durante uno de los periodos de confinamiento más estricto de la historia humana reciente. Con la llegada de la pandemia, Rosalía se quedó en Estados Unidos y trabajó en estudios de Nueva York, Los Ángeles y Miami, mientras que su familia se quedaba en España, con estrictas medidas de confinamiento. «Fue uno de los momentos más duros de mi vida», me confiesa. «Me moría de ganas de estar en casa, pero sabía que volver pondría en riesgo el proyecto. Había muchas probabilidades de que no lo terminara». Así que siguió trabajando duro, liderando un grupo de productores a los que admiraba —entre ellos, Pharrell Williams, Goldstein o Michael Uzowuru— y soportando jornadas maratonianas para pulir cada detalle. Pili la llamaba a menudo y le recordaba que estaba atrasando las fechas de lanzamiento. «No voy a llegar a tiempo», admitía Rosalía. «Pero es porque yo cuando la música está terminada».

Entre medias, se obraron diversos milagros: a mitad del proceso, Rosalía recibió una gigantesca biblioteca de sonidos de reggaetón de la vieja escuela de la mano de Luis Jonuel González Maldonado, el productor puertorriqueño conocido como Mr. NaisGai, amigo de Rauw desde el colegio y estrecho colaborador suyo, con el que trabajó para su exitazo y disco de platino «Todo de ti» .«Me explicó que había pasado de generación en generación, así que sentí que era un material muy especial», dice Rosalía. «Hubo un antes y un después en la producción después de recibir aquella biblioteca. Por fin pude empezar a terminar ciertas canciones».

Pharrell Williams siguió su trabajo desde el principio. «Piensa sin límites», afirma, y describe la línea que atraviesa todo Motomami como «canciones que enseñan los dientes», música capaz de morderte y dejarte marca. «Verla en sus momentos de subidón y de bajón, sus emociones y la manera en la que, de forma tan brillante, se regaló la terapia que necesitaba con este disco, fue tanto cerebral como energética, como himnos».

Una de las canciones que coprodujo Williams fue «Hentai», en la que Rosalía canta sobre los placeres que ofrece el sexo del bueno sobre una melodía de piano inspirada en Disney y que Uzowuru la animó a interpretar ella misma. Encontró la percusión en la biblioteca de Mr. NaisGai y la encajó para crear un clímax, un doble sentido inscrito en el ADN de la canción, «Yo la batí / Hasta que se montó / Segundo es chingarte / Lo primero e’ Dios», canta Rosalía en el momento más juguetón, perverso y desatado del disco. «Creo que hay muchos tabús con ciertos temas y los tabús limitan tu libertad», dice la artista. «La energía femenina, hay una superioridad erótica en la feminidad. ¿Por qué no escribir a partir de ahí? ¿Por qué no hacer una canción desde ese lugar en el que eres dueña de tu deseo?».

Por supuesto, las letras de sus canciones no dejaron a nadie indiferente, sobre todo después de publicar un breve adelanto en TikTok el pasado enero. Lo explícito que era chocó a la gente que estaba acostumbrada al imaginario solemne de sus discos anteriores, pero «Hentai» es Rosalía volviendo a evolucionar, encontrando una nueva madurez y valentía en sus relaciones y determinación artística. «Creo que en mis otros proyectos, sobre todo en [mi primer álbum] Los ángeles, no permití que la espiritualidad o el erotismo entrasen mucho en el disco, porque en aquel momento realmente no tenían mucha importancia en mi vida», dice. «Solo intento ser abierta con lo que me pasa, sea lo que sea, creo que es la manera más sincera de hacer un disco».

Josefina Bietti for Rolling Stone. Jacket by Rick Owens.

Motomami es lo más cerca que alguien ha llegado al exhaustivo archivador de sonidos que tiene en el cerebro. De pequeña, tras escuchar a un coro en la iglesia, Rosalía convenció a sus padres para que le dejaran dedicarse a la música. A los trece años, empezó a formarse en el arte del flamenco y acabó estudiando bajo la égida del venerado José Miguel Vizcaya. Cuando el maestro empezó a dar clases en un programa universitario muy exigente, conocido por aceptar solo a una persona para la especialidad de flamenco al año, ella lo siguió y se empapó de todo lo que le ofrecía la escuela, de la composición clásica a los standards del jazz. En su tiempo libre, enchufaba reggaetón con sus amigos, pero a menudo guardaba solitaria reclusión en las salas de ensayo y devoraba manuales. Por las noches, tocaba en garitos diminutos por toda Barcelona y luego volvía a casa, donde su madre ponía David Bowie a todo volumen.

Rosalía recuerda a un artista en Barcelona que una vez le dijo que estudiar más, saber más y tener más influencias restringiría su creatividad. «Y una mierda», dice. Sigue sin creer en esa idea. «Me lo dijeron cuando yo tenía diecinueve años y ya entonces supe que era mentira. Si vas a pintar, necesitas colores, necesitas pinceles, necesitas un lienzo. Cuantos más colores tengas, con mayor precisión expresarás lo que tienes en mente. El conocimiento nunca amenaza la creatividad, es justo al contrario».

Ese pensamiento sin fronteras se topa con disyuntivas difíciles, unas que aún se sienten con más fuerza estando en Puerto Rico, la cuna del reggaetón y la salsa, géneros que hunden sus raíces en las comunidades afrocaribeñas. Motomami debutó y recibió alabanzas generalizadas, sí, pero las incursiones de la artista en culturas que no son la suya también suscitaron cierto descontento. Un artículo sobre «La Fama» planteaba que la bachata es un género negro y dominicano que no ha recibido el reconocimiento que merece, y que la interpretación de Rosalía «ahondaba en el problema del blanqueamiento imperante en la música negra y latina».

Lo que hace en Motomami es señalar referencias como si estuviera en la bibliografía de una tesis, las cita en voz alta en el disco. Dice que quiere señalar de dónde vienen sus influencias. «Espero que con mi música otras personas encuentren a los artistas fascinantes que tanto me emocionan», dice. «[Manolo] Caracol es un cantante de flamenco apasionante, [igual que] Camarón [de la Isla], pero igual que nombro a Willie Colón [artista de salsa] o a Omega. Me inspiro en muchos lugares y estilos diferentes. Es bonito, porque me hace feliz nombrar de dónde vienen mis referencias».

Pero si bien Rosalía está por la labor de citar sus fuentes, ¿qué significa que una mujer europea haya sido la responsable de alguno de los mayores éxitos de bachata y merengue del año? ¿La industria trata a las personas que originaron sus sonidos con la misma veneración? Al debate se le añade la complicación de que Rosalía trabaja con una precisión y un rigor incansables, pero cuando termina sus canciones, le deja la interpretación definitiva a su público.

Esta manera de pensar ha hecho que mantenga a raya las exigencias de la industria y de las listas de éxitos. En julio, cuando lanzó «Despechá», la canción consiguió el mejor debut en streaming de una canción en español de una intérprete femenina en Spotify. Pero ese nunca fue su objetivo. «No puedo controlar las listas, así que no me centro en eso», añade. «Veo a mucha gente que se fija mucho en esas cosas y yo no sé. Disfruto escuchando música en la que me doy cuenta de que a los artistas les da todo igual».

SEIS SEMANAS DESPUÉS DE VERNOS en Puerto Rico, vuelvo a quedar con Rosalía antes de que dé un pequeño concierto privado en el teatro Palladium de Times Square. Antes de confirmar la dirección exacta, ya sé que he llegado: una larga fila de motomamis y motopapis con medias de rejilla, cuero y arneses se arremolinan alrededor de la entrada, una señal de la fuerza del culto motomami.

En el interior, me encuentro a Rosalía en el escenario vestida con unos pantalones blancos, lisos y de botones, concentrada, con un gesto de intensidad. Mientras los técnicos de sonido e iluminación revolotean a su alrededor para ajustar los últimos detalles, ella está concentradísima, ajustando la mezcla en sus pinganillos hasta que le encaja. Sin duda, es el espacio más pequeño en el que ha actuado en todo el año; probablemente, el más pequeño desde la presentación ante la discográfica en la que su sello apostó por ella. Coger un espectáculo tan grande como el de la gira mundial Motomami y traducirlo para que funcione en una sala de tan pequeña es una labor titánica, algo que está bastante claro que la tiene inquieta.

Josefina Bietti for Rolling Stone. Dress, stylist’s own. Boots by Lest Skeleton

Después de la prueba de sonido, nos vemos en el camerino, donde espero que esté menos nerviosa. No lo está. «Monto estos conciertos y lo doy todo, pero antes me tengo que preparar, tengo que asegurarme de que todo va a ir como la seda. Tengo que responder preguntas y hacer cosas como esta», dice, refiriéndose a nuestra entrevista. El matiz es claro: ahora mismo, tiene otras muchas prioridades. No es que no le guste estar hablando conmigo, no exactamente, me acoge con la misma calidez y deferencia que en nuestros encuentros pasados, pero me doy cuenta de que tiene la cabeza en otra parte.

Rosalía echa los restos en su trabajo y lo cierto es que ha agonizado con Motomami. Me explica por qué el momento en el que el rockero argentino Fito Páez dijo en voz alta que Motomami era el álbum del año en los Grammy Latinos del pasado noviembre se echó a llorar, cosa que no hizo cuando ganó con El mal querer en 2019. «Cuando oí que Fito decía Motomami, sentí el peso de todo lo que me costó hacer este proyecto», dice Rosalía. «Lo sentí muy rápido, lo sentí en el cuerpo, y lo sentí un segundo justo antes de ir a recoger el premio, como si un resumen de los últimos tres años pasara de golpe delante de mí y hiciera que se me cayeran las lágrimas».

Inmediatamente, abrazó a Rauw, que estaba su derecha, y a Pili, a su izquierda. «Abracé a las dos personas que más quiero en esta vida, porque ellos también saben lo mucho que he tenido que pelear para terminar este disco. Empezar un álbum no es un desafío tan grande si sueñas con él, pero terminarlo… Eso es otra cuestión». Que sus compañeros y compañeras votaran por su disco aún fue más importante. «No hago música pensando en números, no hago música pensando en dinero ni hago música pensando en premios. Agradezco si cualquiera de esas tres se da pero no lo hago por eso», añade. «Hago música por amor y por necesidad, porque sé que esa es la razón por la que estoy aquí».

El disco, al final, ha sido lo que Rosalía necesitaba que fuera. «Siento que en Motomami hice y dije exactamente lo que quería decir y hacer, en mis propios términos», añade. «Después de esto no creo que haya vuelta atrás».

En el Palladium, se estruja el cerebro para ver cómo hacer un destilado de Motomami sin sacrificar la energía del espectáculo. Todo el público la sigue mientras ella baila en el suelo de parqué del escenario; un puñado de fans suben a las tablas mientras el resto del público aplaude y vitorea. Ha montado otra fiesta loca que, cuando acaba el espectáculo, sigue en el exterior, bajo el chaparrón que está cayendo. La gente continúa bailando hasta altas horas de la noche, pero, para entonces, Rosalía ya está en otra parte, viviendo en el futuro.

Traducción de Núria Molines Galarza

Créditos de Producción

Producido Por CLARA DORIA y CELESTE SANTO DOMINGO. Dirección de Moda por ALEX BADIA. Dirección de  Fotografía EMMA REEVES. Cabello por JESUS GUERRERO a THE WALL GROUP. Maquillaje por RAISA FLOWERS por E.D.M.A. Manicura por ZAIRA VEGA. Editora de Mercado EMILY MERCER. Estilismo por JOAQUIN DIAZ. Escenografía por IGNACIO VAELLO y LAURA ROLDÁN por BUENDIA ESTUDIO. Diseño de Iluminación por CAMILO DIAZ SALAMANCA. Asistencia de Fotografía por AYELEN DI BIASI y JUAN DAVID GARCIA. Asistencia de Maquillaje por EUNICE KRISTEN. Asistencia de Estilismo por SOFIA PEREZ MILLANCAMILLA TOMBOLINIDAIANA FERREIRA y MARIA PIA ARMAS WONG. Ubicación BUBBLE STUDIOS. Retocando por BRUNO REZENDE.